En tiempos de reyes y salones encendidos por candelabros, un castillo entero se puso en movimiento ante una noticia importante: un rey de otro reino llegaría de visita. No era una visita cualquiera. Había que impresionarlo.
En la cocina, el cocinero mayor daba órdenes con la seriedad de quien siente que de un plato puede depender una alianza.
"Quiero algo memorable", dijo, recorriendo las mesas repletas de especias, carnes, frutas secas y panes recién horneados.
A su lado, el organizador del evento revisaba listas, tiempos y ubicaciones.
"Memorable sí, pero también majestuoso. La entrada debe sorprender, el plato principal debe hablar de abundancia y el cierre tiene que dejarlo maravillado".
Más allá, un experto en ágapes, célebre por haber servido en bodas nobles y celebraciones de la corte, intervino con aplomo:
"Si queremos deslumbrar a un rey, no podemos ser modestos. Hagamos jabalí especiado, salsas intensas, quesos curados, frutos del bosque en reducción y un postre con miel, nueces y crema".
Todos asintieron. Sonaba perfecto. Sonaba digno de una historia que sería contada durante años.
Durante días trabajaron sin descanso. Probaron combinaciones, discutieron decoraciones, cambiaron el orden de los platos, contrataron músicos, ajustaron manteles, pulieron copas. Cada decisión fue tomada con convicción. Cada detalle, pensado para impresionar.
"¿Alguien sabe qué suele comer el rey invitado?", preguntó en voz baja un ayudante joven, mientras ordenaba bandejas de plata.
El cocinero no levantó la vista.
"No hace falta. Si esto no le gusta, no entiende de buena mesa".
El organizador agregó:
"Los reyes esperan grandeza, no preguntas".
Y el experto en ágapes cerró la discusión:
"Nosotros sabemos lo que corresponde".
Llegó el gran día. Las trompetas anunciaron la entrada del visitante. El salón brillaba. La mesa parecía una obra de arte. Todo estaba listo.
Se sirvió la primera entrada. El rey invitado sonrió con cortesía, pero apenas la probó.
Con el segundo plato, la incomodidad se hizo visible. Tras una breve consulta con su séquito, se supo el problema: no podía comer varios de los ingredientes por alergias, y además detestaba los sabores intensos que dominaban el banquete.
El silencio cayó sobre la sala.
Lo que había sido preparado para impresionar se convirtió en una sucesión de platos rechazados, gestos tensos y comida desperdiciada. Horas de trabajo, recursos, talento y esfuerzo terminaron generando malestar en lugar de encuentro.
No había fallado la ejecución. Había fallado algo más básico: nadie había hablado con quien se iba a sentar a la mesa.
En sistemas pasa lo mismo.
Muchas veces diseñamos soluciones, procesos, pantallas y funcionalidades suponiendo qué necesita el usuario final. Nos reunimos entre expertos, ordenamos prioridades, definimos lo "correcto", invertimos tiempo y energía, y hasta logramos construcciones técnicamente impecables. Pero si todo eso ocurre sin escuchar a quienes realmente van a usar el sistema, el riesgo es enorme.
Podemos terminar entregando algo sofisticado pero inútil. Completo pero incómodo. Costoso pero irrelevante.
Diseñar sin usuarios es como preparar un banquete sin saber quién va a comer.
La moraleja es simple: en cualquier proyecto, todos estamos a la mesa. Y si falta la voz de los verdaderos involucrados, lo más probable es que terminemos trabajando mucho para servir algo que nadie necesita.